DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER

SOBRE LA INFABILIDAD PAPAL

VENERABLES PADRES Y HERMANOS: No sin temor, pero con una conciencia libre, tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros en esta augusta asamblea.

Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia, y me permitiese votar los cánones de este santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.

Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he puesto a estudiar, con escrupulosa atención, los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento; y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad para que me diesen a saber si el santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo, e infalible doctor de la Iglesia.

Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas, y transportarme en imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos en que ni el ultramontanismo ni el galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a S. Pablo, S. Pedro, Santiago y S. Juan, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad Divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de Trento proclamó la regla de fe y de moral.

He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos Apostólicos nada que haya sido cuestión de un Papa sucesor de S. Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco de Mahoma que no existía aún.

Vos, Monseñor Maunig, diréis que blasfemo; vos, Monseñor Pío, diréis que estoy demente. ¡No, monseñores; no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien; habiendo leído todo el Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar del Papado tal como existe ahora.
No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e interrupciones justifiquéis a los que dicen, como el Padre Jacinto, que este Concilio no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta Augusta Asamblea, hacia la cual las miradas de todo el mundo están dirigidas, caería en el más grande descrédito.

Si deseáis que sea grande, debemos ser libres.

Agradezco a su excelencia Monseñor Dupanloup el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo.

Leyendo, pues, los santos libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un solo capítulo, o un corto versículo, en el cual dé a San Pedro la jefatura sobre los Apóstoles, sus colaboradores.

Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea Su Santidad Pío IX, extraño es que nos les hubiese dicho: –“Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón, Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra”.

No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos, a sus Apóstoles, para juzgar las doce tribus de Israel (Mateo, cap. 19, vers. 28) les promete doce, uno para cada uno, sin decir que entre dichos tronos, uno sería más elevado, el cual pertenecería a Pedro. Indudablemente si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabeza del Colegio Apostólico.

Cuando Cristo envió los Apóstoles a conquistar el mundo, a todos igualmente dio el poder de ligar y desligar y a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro su Vicario le hubiese dado el mando supremo sobre su ejército espiritual.

Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío, o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes de los Gentiles (Lucas, 22, 25 y 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa, Jesús no diría esto; porque, según nuestra tradición, el Papa ya tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal.

Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho a mí mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con S. Juan a Somaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hec. 8, 14).

¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad Pío IX y a su eminencia Monseñor Plantier al Patriarca de Constantinopla para persuadirle de que pusiese fin al cisma de Oriente?
Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quién debiera convocar ese Concilio, si S. Pedro fuese Papa? Claramente, S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera presidirlo? S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera formar o promulgar los cánones? S. Pedro. Pues bien; ¡nada de esto sucedió! Nuestro Apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fue él quien reasumió la discusión, sino Santiago; y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los Apóstoles, Ancianos y hermanos. (Hech. cap. 15).

¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia?
Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en las sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser el primero. Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre S. Pedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice, en su Epístola a los Efesios (cap. 2, v. 20), que está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesu-Cristo mismo.

Este mismo Apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que dicen “somos de Pablo, somos de Apolo” (1ª. Corintios, 1 y 12), así como culparía a los que dijesen, “somos de Pedro”. Si este último Apóstol hubiese sido el Vicario de Cristo, S. Pablo se hubiera guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecen a su propio colega.

El mismo Apóstol Pablo al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Doctores y Pastores.

¿Es creíble, mis venerables hermanos, que S. Pablo, el gran Apóstol de los Gentiles, olvidase el primero de estos oficios, –el Papado– si el Papado fuera de divina Institución? Ese olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de Su Santidad Pío IX (Varias voces: ¡Silencio, hereje, silencio!).

Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga os demostraríais al mundo prontos a hacer injusticia, cerrando la boca del último miembro de esta Asamblea. (Continuaré)

El Apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas a las diferentes Iglesias, de la primacía de Pedro. ¿Si esta Primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanza, podría el gran Apóstol de los Gentiles olvidarse de mencionarla? ¡Qué digo! Más probable es que hubiere escrito una larga Epístola sobre esta importante materia. Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido, ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundación, de la clave del arco? Ahora bien; (si no opináis que la Iglesia de los Apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía ni osaría decir) estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue más bella, más pura ni más santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (No es verdad, no es verdad). No diga Monseñor de Laval “no”. Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que tiene hoy un Papa por cabeza, es más firme en la fe, más pura en la moralidad, que la Iglesia Apostólica, dígalo abiertamente ante el Universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras vuelan de polo a polo. Prosigo.

Ni en los escritos de S. Pablo, S. Juan o Santiago descubro traza alguna o germen del poder Papal; S. Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los Apóstoles, guarda silencio sobre este importantísimo asunto. El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras, no parece tan penoso o imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thiers, escribiendo la historia de Bonaparte, omitiese el título de Emperador.

Veo delante de mí un miembro de la Asamblea, que dice, señalándome con el dedo: “¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera!”.

No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón, por la ventana, sino por la puerta como vosotros; mi título de obispo me dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga hablar y decir lo que creo ser la verdad.

Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar, es el silencio del mismo San Pedro. Si el Apóstol fuese lo que le proclamáis que fue –es decir, Vicario de Jesucristo en la tierra–, él al menos debería saberlo. Si lo sabía, ¿cómo sucede que ni una vez sola obró como Papa? Podría haberlo dicho el día de Pentecostés, cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no lo hizo, en Antioquía, y no lo hizo, como tampoco lo hace en las dos Epístolas que dirige a la Iglesia.

¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si Pedro era Papa?

Resulta, pues, que si queréis mantener que fue Papa, la consecuencia natural es, que él no lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza conque pensar y mente conque reflexionar: ¿Son posibles estas dos suposiciones?

Pero escucho decir por todos lados: Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?

Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la tradición; mas aún, si hubiese sido obispo de Roma, ¿cómo podéis probar de su episcopado su supremacía? Scaligero, uno de los hombre eruditos, no vacila en decir, que el episcopado de San Pedro y su residencia en Roma deben clasificarse con las leyendas más ridículas. (Repetidas voces: “¡tapadle la boca, tapadle la boca; hacedle descender de esa cátedra!”)

Venerables hermanos, estoy pronto a callarme; mas ¿no es mejor en una Asamblea como la nuestra, probar todas las cosas como manda el Apóstol, y creer solo lo que es bueno? Pero mis venerables amigos, tenemos un dictador, ante el cual todos debemos postrarnos y callar, aún su Santidad Pío Nono, e inclinar la cabeza. Este dictador es la Historia.

Esto no es como un legendario que se puede formar al estilo que el alfarero hace su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras indelebles. Hasta ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los tiempos Apostólicos; la falta es suya no mía. ¿Queréis quizá colocarme en la posición de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.

Oigo a la derecha estas palabras: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” (Mateo, 16 y 18).

Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; mas, antes de hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.

No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos Apostólicos, me dije a mí mismo: quizás hallaré lo que ando buscando en los anales de la Iglesia.

Pues bien, lo digo francamente, busqué el Papa en los cuatro primeros siglos, y no he podido dar con él.
Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del Santo Obispo de Hipona, el gran y bendito San Agustín.

Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Católica, fue secretario en el Concilio de Melive. En los decretos de esa venerable asamblea se hallan estas palabras significativas: “Todo el que apelase a los de la otra parte del mar, no será admitido a la comunión por ninguno en el África.”

Los obispos de África reconocían tan poco al obispo de Roma, que castigan con excomunión a los que recurriesen a su arbitrio.

Estos mismos obispos, en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio, obispo de dicha ciudad, escribiendo a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese apelaciones de los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más legados y comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.

Que el Patriarca de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a sí mismo toda la autoridad, es un hecho evidente; y lo es un hecho igualmente evidente que no poseía la supremacía que los ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de África, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal?

Lo confieso, sin embargo, que el Patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una de las leyes de Justiniano dice: “Mandamos, conforme a la definición de los cuatro Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo.” Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.

No corráis tan apresurados a esa conclusión, mis venerables hermanos, porque la ley de Justiniano lleva escrito al frente: “del orden de Sedes Patriarcales.” Procedencia es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra.

Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos del reino, la procedencia se daría, naturalmente, al Primado de Florencia, así como entre los orientales se concedería al Patriarca de Constantinopla, y en Inglaterra al arzobispo de Cantorbery. Pero ni el primero, segundo, ni tercero, podrían aducir de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.

La importancia de los obispos de Roma, procede, no de un poder divino, sino de la importancia de la ciudad donde está su Sede.

Monseñor Darboy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignon; mas no obstante, París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en orillas del Sena, se hallase sobre el Ródano. Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Florencia no es más que un prefecto, como el de Pisa, pero civil y políticamente es de mayor importancia.

He dicho ya que desde los primeros siglos el Patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de la Iglesia. Desgraciadamente casi lo alcanzó, pero no consiguió ciertamente sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una ley, por la cual estableció que el Patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. (Lec. cod. de sac. etc.).

Los padres del Concilio de Calcedonio, colocan a los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las cosas, aún en las eclesiásticas. (Can. 28).

El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos se abrogasen el título de príncipe, de obispo de los obispos, u obispos soberanos.

En cuanto al título de Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde, San Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían adornarse con él, escribió estas palabras:

“Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar ese título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre Universal, el título de Patriarca sufre descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que cause descrédito a sus hermanos.”

San Gregorio dirigió estas palabras a su colega de Constantinopla, que pretendía hacerse Primado de la Iglesia. El Papa Pelagio II llama a Juan, obispo de Constantinopla, que aspiraba al Sumo Pontificado, impío y profano.

“No se le importe, decía, el título de Universal que Juan ha usurpado ilegalmente, –que ninguno de los Patriarcas se abrogue este nombre profano– porque ¿cuántas desgracias no debemos esperar, si entre los sacerdotes se suscitasen tales ambiciones? Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: “El es rey de los hijos del orgullo”. (Pelagio II, Cett. 13).

Estas autoridades, y podía citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al resplandor del Sol en medio del día, que los primeros obispos de Roma no fueron reconocidos como obispos universales y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores?

Y por otra parte, ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio Ecuménico de Constantinopla, entre más de 1.100 obispos que asistieron a los primeros Concilios generales, no se hallaron presentes mas que diecinueve obispos de Occidente?

¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por emperadores, sin siquiera informarles de ello, y frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de Roma? ¿O que Osio, obispo de Córdoba, presidió en el primer Concilio de Nicea, y redactó sus cánones? El mismo Osio presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y pasaré a hablar del gran argumento a que se refirió anteriormente, para establecer el Primado del obispo de Roma.

Por la roca (piedra) sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro; si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada, mas nuestros antepasados, y ciertamente debieron saber algo, no opinan sobre esto como nosotros.

San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: “Creo que por la roca debéis entender la fe inmovible de los Apóstoles.” San Olegario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: “La roca (piedra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro”; y en el sexto libro de la Trinidad, dice: “Es sobre esta roca, de la confesión de fe, que la Iglesia está edificada”. “Dios, dijo San Gerónimo en el sexto libro sobre San Mateo, ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el Apóstol Pedro fue apellidado”. De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su homilía 55 sobre San Mateo: “Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión”. Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del Apóstol? Hela aquí:

“Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”.

Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, (sobre el segundo capítulo de la epístola a los Efesios). San Basilio de Salencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa.

Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de San Juan: “¿Qué significan las palabras edificaré mi Iglesia sobre esta roca? Sobre esta fe, sobre esto que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: “Sobre esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo era la roca.”

El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su grey, en su sermón 13: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca (piedra) que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente, edificaré mi Iglesia sobre mi mismo, que soy el hijo de Dios viviente, la edificaré sobre mi mismo y no sobre ti.”

Lo que San Agustín enseñaba sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mundo cristiano en sus días. Por consiguiente, reasumo y establezco:

1º. Que Jesús dio a sus Apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.

2º. Que los Apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al vicario de Jesucristo y al infalible doctor de la Iglesia.

3º. Que el mismo Pedro nunca pensó ser Papa, y nunca obró como si fuese Papa.

4º. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia honorífica, nunca el poder y jurisdicción.

5º. Que los santos padres, en el famoso pasaje: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre Pedro (super Petrum), sino sobre la roca (super petram), es decir, sobre confesión de la fe del Apóstol.

Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía alguna a San Pedro, y que los obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confiscando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: silencio, insolente protestante, silencio).

¡No soy un protestante insolente! ¡No, mil veces no!

La historia no es católica, ni anglicana, ni calvinista, ni interna, ni arminiana, ni griega cismática, ni ultramontana. Es lo que es, es decir, algo más poderosa que todas las confesiones de fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos.

¡Escribid contra ella, si osáis hacerlo!. Mas no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo podríais hacerle derribar.

Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y, sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Mas tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo; y aún si la pira fúnebre me aguardase en la plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir,

Monseñor Dupanloup, en sus célebres observaciones sobre este Concilio del Vaticano, ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío Nono infalible, deberemos necesariamente, y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad asegurándonos que algunos Papas erraron. Podéis protestar contra esto, o negarlo, si así os place; mas yo lo probaré.

El Papa Víctor (192), primero aprobó el Montanismo, y después lo condenó.

Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis, quizá, que fue un acto de debilidad; pero contesto: un Vicario de Jesucristo, muere, mas no se hace apóstata.

Liborio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de Arrianismo, para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su Sede.

Honorio (625) se adhirió al Monoteísmo; el padre Gratri lo ha probado hasta la evidencia.

Gregorio I (578 a 590) llama Antecristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo Universal; y, al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida Phocas, a conferírsele dicho título.

Pascual II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos; mientras que Julio II (1509) y Pío IV (1560) los prohibieron.

Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz a la Iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revocó la concesión; Adriano II (867 a 872) declaró el matrimonio civil válido; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó.

Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula recomendó su lectura, mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo III, y Pío VII la restableció.

Mas ¿A qué buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro Santo Padre, que está presente aquí, en su bula dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando todo cuanto en tiempos pasados fuese contrario a ello, aún cuando procediese de las decisiones de sus predecesores? Y ciertamente; si Pío Nono ha hablado excathedra, no es cuando desde lo profundo de su sepulcro impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.

Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas. Por lo tanto, si proclamáis la infabilidad del Papa actual, tendréis que probar, o bien que los Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelado que la infabilidad del Papado tan sólo fecha de 1870. ¿Sois bastante atrevidos para hacer esto?

Quizás los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden, y cuya importancia no ven; pero aún cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.

Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infabilidad Papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán a la brecha, con tanta más bravura, puesto que tienen la historia de su lado; mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación que oponerles.

¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta Su Santidad Pío IX? ¡Ay! si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos en toda la línea; mas, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de ¡silencio, silencio, basta, basta!) ¡No gritéis, Monseñores! Temer a la historia es confesaros derrotados; y, además, aún si pudiéramos hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella no podríais borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible en este importantísimo asunto.

El Papa Virgilio (538) compró el Papado de Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa, y nunca pagó por ello.

¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia, lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: “El obispo que obtenga su episcopado por dinero lo perderá, y será degradado.”

El Papa Eugenio III (1148) imitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole: “¿podréis enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiera recibido por Papa, sin haber primero recibido oro o plata por ello?”

Mis venerables hermanos ¿será el Papa que establezca un banco en las puertas del Templo inspirado del Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la Iglesia la infabilidad?

Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban VI hizo exhumar su cuerpo, vestido con ropas pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la bendición; y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando que era un perjuro e ilegítimo. Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo envenenó y le agarrotaron. Romano, sucesor de Esteban y tras él Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso.

Quizás me diréis, esas son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id, Monseñores, a la librería del Vaticano, y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales de Baronio. (A. D. 897.)

Estos son hechos que, por honor a la Santa Sede, desearíamos ignorar; cuando se trata de definir un dogma que podrá provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio?, prosigo.

El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice –(haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras)– ¿Qué parecía la Iglesia Romana en aquellos tiempos? ¡Qué infamia! Solo los poderosísimos cortesanos gobernaban en Roma! Eran ellos los que daban, cambiaban y se tomaban obispados; y, ¡horrible es relatarlo! hacían a sus amantes, los falsos Papas, subir al Trono de San Pedro.” (Baronio, A. D. 912.)

Me contestaréis, esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, mas en este caso, si por cincuenta años la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti-Papas, ¿cómo podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?

¡Pues qué! ¿ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio, sin cabeza hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de los anti-Papas se ven en el árbol genealógico del Papado; y seguramente deben ser éstos los que describe Baronio; porque aún Genebrado, el gran adulador de los Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (A. D. 901.) “Este centenario ha sido desgraciado, pues, que por cerca de 150 años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores, y se han hecho Apóstatas más bien que Apóstoles”.

Bien comprendo como el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de esos obispos romanos. Hablando de Juan XI (931) hijo natural del Papa Sergio y de Marozia, escribió estas palabras en sus anales: “La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo.

Juan XII (956) elegido Papa a la edad de diez y ocho años, mediante las influencias de cortesanos, no fue en nada mejor que su predecesor.”

Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1316) que negó la inmortalidad del alma, y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.

Algunos mantendrán que este Concilio fue solo privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase de autoridad, deberéis mantener, como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V, (1417) era ilegal. Entonces ¿en dónde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo?

No hablo de los cismas que han deshonrado la Iglesia. En esos desgraciados tiempos la Sede de Roma se hallaba ocupada por dos, y a veces tres competidores. ¿Quién de éstos era el verdadero Papa?

Resumiendo una vez más, vuelvo a decir, que si decretáis la infabilidad del actual obispo de Roma, deberéis establecer la infabilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno; mas ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando, con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿podéis hacerlo y mantener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoníacos, han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ah! ¡venerables hermanos! mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas, sería echarle suciedad a la cara. (Gritos: ¡abajo de la Cátedra! ¡pronto! ¡cerrad la boca del hereje!)

Mis venerables hermanos, estáis gritando; ¿pero no sería más digno pesar mis razones y mis palabras en la balanza del Santuario? Creedme: la historia no puede hacerse de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infabilidad Papal. Podréis declararla unánime, ¡pero faltará un voto, y ese será el mío!.

Los verdaderos fieles, Monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran a la Iglesia. ¿Desmentiréis sus esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?

Abracémosla, mis hermanos; armémonos con un ánimo Santo; hagamos un supremo y generoso esfuerzo; y volvamos a la doctrina de los Apóstoles, puesto que, fuera de ella, no hay más que errores, tinieblas y tradiciones falsas.

Aprovechémonos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los Apóstoles y Profetas por nuestros únicos maestros en cuanto a la cuestión de las cuestiones. “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Cuando hayamos decidido esto, habremos puesto el fundamento de nuestro sistema dogmático.

Firmes e inmóviles como la roca, constantes e incorruptibles en las divinamente inspiradas escrituras, llenos de confianza, diremos ante el mundo, y, como el Apóstol San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos “a nadie más que a Jesu-Cristo y el Crucificado.” Conquistaremos, mediante la predicación del “martirio de la cruz,” así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana, tendrá su glorioso 98. (Gritos clamorosos: ¡bájate! ¡fuera con el protestante, el calvinista, el traidor de la Iglesia!)

Vuestros gritos, Monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está serena. Yo no soy de Lutero ni de Calvino, ni de Pablo ni de los Apóstoles, pero sí de Cristo. (Renovados gritos: ¡anatema! ¡apóstata!)

¡Anatema, Monseñores, anatema! Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los Santos Apóstoles, bajo cuya protección desearía que este Concilio colocase a la Iglesia. ¡Ah! si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas ¿hablarían de una manera diferente a la mía?

¿Qué les diríais, cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado del Evangelio del Hijo de Dios que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: Preferimos la doctrina de nuestros Papas, nuestros Bellarminos, nuestros Ignacios de Loyola a la vuestra? ¡No, mil veces no! a no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver, y embotado vuestra mente para no comprender.

¡Ah! si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de la ciudad Eterna; bastará con dejar que hagáis a Pío Nono un Dios, así como se ha hecho una diosa de la Bienaventurada Virgen.

Deteneos, deteneos, venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las Sagradas Escrituras solamente la regla de fe que debemos creer y profesar. He dicho. Dígnese Dios asistirme.

(Estas últimas palabras fueron recibidas con signos de desaprobación semejantes a los de un teatro.)

Todos los padres se levantaron; muchos se fueron de la sala. Bastantes italianos, americanos y alemanes y algunos cuantos franceses e ingleses, rodearon al valiente orador, y con un apretón de manos fraternal, demostraron estar conformes con su manera de pensar.

Fin del discurso del Obispo croata Strossmayer oponiéndose al dogma de la Infabilidad Papal, pronunciado en el Concilio Ecuménico de 1870 donde se aprobó la infabilidad del Papa, y copiado de la obra de Pedro Vallejo Garnica, conocido por: La Cabaña, El Jesuita Blanco y Pedro continuador de la obra de Jesús.

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