Ni la virgen, ni los santos hacen milagros

Tomado de el periódico Reforma con fecha 21 de Junio de 2010, Articulo pagado por la Iglesia La luz del mundo.

http://www.reforma.com/

Es la Iglesia que Jesucristo fundó en el siglo I de nuestra Era, con la misión de anunciar a toda persona las buenas nuevas de salvación.

Su Restauración comenzó en la ciudad de Monterrey, Nuevo León (México), el 6 de abril de 1926, con el llamamiento al Apostolado del Maestro Aarón Joaquín González, quien predicó el Evangelio de Cristo durante poco más de 38 años, logrando en ese tiempo la transformación espiritual de miles de personas y familias a lo largo y ancho de la República Mexicana. El 9 de junio de 1964, el apóstol Aarón Joaquín fue llamado por el Creador al descanso eterno, luego de haber peleado la buena batalla y guardado la fe. Ese día, Dios manifestó el Apostolado del Doctor Samuel Joaquín Flores quien, desde aquella fecha, ha impulsado la predicación del Evangelio de tal manera que, hoy por hoy, la Iglesia La Luz del Mundo tiene presencia en más de 40 naciones de los cinco continentes. En ambas administraciones apostólicas se ha observado con invariable fidelidad la doctrina de Jesucristo, cumpliendo la sagrada misión que les fue encomendada.

A principios del siglo II, tras la desaparición física de los apóstoles de Jesucristo, empezaron a surgir “intérpretes intelectuales” –conocidos posteriormente como “padres de la Iglesia”–, quienes, olvidando la sencillez del Evangelio, adaptaron a la práctica religiosa de la época, el pensamiento griego y romano, corrompiendo así la enseñanza primitiva. Este peligro había sido advertido por el apóstol Pablo:

“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo…”.1

Estos nuevos “doctores”, al incorporar las filosofías griegas imperantes, y adaptar a su cuerpo doctrinal los cultos paganos de la época (sincretismo) y doctrinas de hombres, sin la dirección espiritual, prepararían el camino para el surgimiento y desarrollo del catolicismo romano, mismo que sería reconocido por Constantino en el año 313 d. C., alcanzando el carácter de “religión oficial” durante el Imperio de Teodosio el Grande (380 d. C.).

Los concilios y sínodos católicos, a partir del año 325 d. C., darían forma y estructura a un sistema doctrinal y moral, sustentado en las filosofías humanas y los resabios del paganismo antiguo, opuesto al cristianismo.

De los concilios en comento surgieron “nuevas” doctrinas y leyes eclesiásticas: el “celibato sacerdotal” (Concilio de Elvira, 306 d. C.); el dogma de “la trinidad” (Concilio de Constantinopla, 381 d. C.); la “maternidad divina de María” (Concilio de Éfeso, 431 d. C.); el culto a las imágenes (II Concilio de Nicea, 787 d. C.); la canonización de los santos (Concilio Romano, 993 d. C.); el culto a las reliquias (Concilio de Trento, 1545-1563 d. C.); el purgatorio (Concilio de Florencia, 1438-1445 d. C.); la infalibilidad papal (Concilio Vaticano, 1870 d. C.),2 entre otros.

La historia refiere que hubo clérigos y laicos que se opusieron a estos dogmas y leyes eclesiásticas, en diferentes épocas, quienes sufrieron acoso, violencia y persecución. Cuando la Iglesia católica romana instauró el tribunal de la inquisición (1231 d. C.), con el propósito de reprimir la “herejía” y aniquilar a sus seguidores, decenas de miles de disidentes fueron sometidos a procesos vejatorios, que iban desde la confiscación de sus bienes, la tortura física (y psicológica) y, por último, la pena de muerte. Este tribunal perpetró crímenes que hoy serían considerados de Lesa Humanidad.

Entre las víctimas de dicha crueldad, figuran innumerables religiosos, cuyo pensamiento filoteológico difería de las doctrinas del catolicismo romano. Algunos de ellos fueron: Arrio (256-336), Nestorio (386–451), Juan Wicleff (1320-1384), Juan Hus (1369-1415), Girolamo Savonarola (1452-1498), Martín Lutero (1483-1546), Miguel Sattler (1490- 1527), Giordano Bruno (1548-1600), y muchos más.

Ni siquiera los pontífices romanos estuvieron exentos de sus propias intrigas. Como muestra de lo anterior, está el caso del “concilio cadavérico” que “juzgó” al Papa Formoso (891-896). El historiador jesuita Ludwig Hertling, relata este episodio en los siguientes términos:

“Una anécdota relativamente bien documentada, que pinta gráficamente la barbarie de la época, es la del papa Esteban VI, que hizo desenterrar el cadáver… [del Papa] Formoso, lo juzgó ante un tribunal y lo arrojó luego al Tiber. Poco después el propio Esteban fue estrangulado en la cárcel”.3

En este sentido, uno de los sucesos más controvertidos en la historia del papado fue, sin lugar a dudas, el Gran Cisma de Occidente, que tuvo inicio en 1378 y se prolongó por espacio de cincuenta años. En dicho periodo hubo tres papas: uno elegido por los cardenales italianos (Urbano VI); otro electo por los purpurados franceses (Clemente VII), y el otro, Alejandro VI, elegido por el Concilio de Pisa. Este polémico acontecimiento, resultado de la ambición desmedida de los papas, convulsionó a Europa entera:

“…En Alemania, Francia, España e Italia, se empuñaron las armas para defender los derechos de los papas de Roma, o para hacer triunfar los pontífices en Aviñón. Estos vicarios de Cristo se excomulgaban, se denunciaban, quitaban el velo a sus torpezas, se acusaban cometer incestos o de perpetrar delitos de sodomía, y les llaman ladrones, asesinos, herejes…”.4

En el ámbito de la moral, el papa Sergio III (904 al 911), quien sostuvo relaciones sexuales con la prostituta Marozia desde que ésta era una niña,5 ejemplifica el alto grado de corrupción del papado. De acuerdo con el historiador Baronio, a Sergio no sólo le gustaba tener relaciones sexuales con menores, sino que “fue esclavo de todo vicio, y el más perverso de los hombres”.6 De la misma condición moral fue Juan XI –fruto de la relación licenciosa de Sergio III con Marozia–, quien ascendió al solio pontificio gracias a los “buenos oficios” de su madre.

Además de la corrupción papal y los diversos casos de abusos sexuales registrados a lo largo de la historia, existen otros episodios que la Iglesia católica romana quisiera olvidar: las ocho cruzadas medievales y las guerras de religión, en donde tienen lugar la masacre conocida como la “noche de san Bartolomé” (1572),7 la persecución a los judíos, cátaros y, siglos después, a los protestantes de Europa, a quienes la Iglesia romana procuró acallar utilizando para tal fin los instrumentos de tortura y represión.

Actualmente, la Iglesia La Luz del Mundo enfrenta desafíos similares en el cumplimiento de su sagrada misión, que consiste en la predicación del Evangelio de Cristo, enseñando que “Dios es Espíritu”,8 y que las imágenes de culto son “obra de manos de hombres. Tienen boca, más no hablan; tienen ojos más no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen mas no palpan, tienen pies más no andan…”;9 además, “ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder”.10

Esta enseñanza ha sido proclamada invariablemente los dos apóstoles de la Restauración, Aarón y Samuel Joaquín, así como por los ministros y fieles de la Iglesia, quienes han sufrido por ello las embestidas del fanatismo e intolerancia religiosa, alentada por obispos y párrocos, quienes han incitado con su ejemplo, incluso, al pueblo no religioso. Esto a pesar de que diversos clérigos han reconocido que las enseñanzas antes citadas son acordes a las verdades bíblicas, tal como lo sostuvo el 13 de diciembre de 2008, el sacerdote José de Jesús Aguilar Valdés, director de Radio y Televisión del arzobispado de México, en entrevista con la periodista Lolita de la Vega:

“Los milagros solamente los hace Dios […] Ningún santo, ninguna santa, ni la virgen hace milagros […] Lamentablemente por ignorancia, por falta de información, [los católicos] piensan que una imagen es la que les hace el milagro. Ninguna imagen hecha de pasta, de barro, de madera, puede hacer ningún milagro; no es ninguna imagen, ni la virgen María, ni los santos pueden hacer milagros, mucho menos objetos o rituales, es únicamente Dios…” .11

La difusión de la verdades evangélicas ha sido –ayer, hoy y siempre– el compromiso indeclinable de la Iglesia La Luz del Mundo, profesando que “hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”,12 a quien las imágenes de los santos canonizados no pueden reemplazar en su oficio intercesor.

Durante las últimas ocho décadas, la Iglesia La Luz del Mundo, haciendo uso de las libertades y derechos consagrados en nuestra Carta Magna –en el marco de un Estado laico–, ha dado conocer, a través de diferentes medios, la verdad bíblica que transforma y renueva la conciencia de los seres humanos, erradicando vicios y prácticas que degradan y denigran la dignidad humana.

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