ECOS DE LA QUINTA DEL OLVIDO

Presbítero. EDUARDO SANCHEZ CAMACHO

NOTA BIOGRÁFICA
Sánchez Camacho. (Eduardo) – Obispo de Tamaulipas. Nació en la C. de Hermosi¬llo el 18 de Septiembre de 1838, ingresó al Seminario de Culiacán recibiendo las órdenes menores en 1860 y concluyó la carrera sacerdotal dos años después. Prosiguió los estu¬dios en el Seminario de Guadalajara, se recibió de Doctor en Teología, fue Catedrático del mismo, Provisor del Arzobispado y Pro-secretario de la Mitra de Sonora. Fue preco¬nizado Obispo de Tamaulipas por el Papa León XIII en consistorio de 27 de Febrero de 1880, consagrado en Guadalajara el 29 de Julio y tomó posesión de la Mitra en C. Victo¬ria en diciembre del mismo año En 1895 tuvo dificultades con otros elementos del Epis¬copado Mexicano relacionadas con la aparición de la Virgen de Guadalupe, cuyo hecho no aceptó como principio de fe, el 31 de Mayo de 1896 hizo dimisión del Obispado, lo entregó el 3 de Octubre siguiente a un Administrador Apostólico, se retiró a una finca de campo inmediata a C. Victoria, llamada El Olvido, y allí concluyó sus días el 14 de Di¬ciembre de 1920.
Diccionario de Historia, Geografía y Biografía Sonorenses.- Por Francisco R. Almada.- Chihuahua, Chih.- 1952.- Impresora Ruiz Sandoval.
INTRODUCCIÓN

I
Vivo dentro de cuatro paredes de piedra y cemento mexicano o mezcla de cal y arena.
Las paredes son elevadas, y, por su material, duras. Chocan con esas paredes sonidos fuertes y molestos.
Estoy separado completamente de la sociedad, política que, por razones que el tiempo dirá, me ha desechado y hasta inju¬riado por medio de los órganos de su prensa.
Estoy separado de la sociedad religiosa, porque yo mismo me separé del romanismo; y sus adeptos aquí, que se decían mis amigos, me odian y desean mi exterminio.
Las asociaciones religiosas en mi país, que no son romanistas, son más bien filosóficas que religiosas; o más bien enseñan su religión respetando la razón, que sujetándola a dogmas; y para ser filósofo no se necesita ser religioso.
La sociedad civil aquí, como sucede casi en todo mi país, está sumisa a la política, y creo, o mejor dicho, veo y siento que nada tiene que ver conmigo.
Vivo aislado completamente, en consecuencia de lo dicho, y sólo los ecos de mis muros me hacen fijarme en algo que suena mal a mis oídos.
Para responder a esos sonidos tengo necesidad de usar el argumento que los estudiantes llaman Ad Hominem o usar de las armas mismas que contra la verdad esgrimen sus enemigos.
Por está razón dispensaran los libres pensadores, a quienes sinceramente pertenezco, que use de testimonios bíblicos o de los llamados Santos Padres.

II
Ni de la sociedad política, ni de la civil quiero ocuparme.
Las sociedades religiosas que no son romanistas, ni tienen que ver conmigo, ni yo tengo que ocuparme de ellas.
La iglesia romana es la que me ha sacrificado, y de la que tengo que hablar, si hablo de ecos o de religión.
Esa sociedad romanista me metió a su gremio contra mi voluntad, porque dijo quien fue su instrumento, que yo le sería muy útil.
Ese instrumento de la iglesia romana, que me sacrificó, no fue mi único antiguo y sabio Prelado del Ilmo. y Santo Sor. Don Pedro Loza, sino el Rector del Seminario de Sonora que estaba en Culiacán.
Serví cuarenta años a esa iglesia romana, siempre con aprobación y elogios de mis superiores. Vine de Obispo a Tamauli¬pas y aquí se eclipsó mi estrella.
No creía ni creo en la Aparición de la llamada Virgen María en el Tepeyac.
Jamás apoyé ni protegí a un clérigo indigno: y cuando fui Obispo, perseguí a los clérigos hipócritas, a los inmorales e in¬dignos, como el criminal más vulgar, sin creer ni sostener el falso principio de que son los ungidos del Señor, y de que, por eso, nadie puede castigarlos ni tocarlos siquiera.
Juzgo y siempre he creído que un mal clérigo, es el reo más digno de los mayores castigos corporales, porque su crimen es superior al de los simples fieles o creyentes.

III
Mis ideas expresadas tocaron las fibras de un émulo mío que tenía influencia en Roma y en el clero mexicano, y trabajó contra mí.
Esas mismas ideas sirvieron a otro alto dignatario eclesiástico, que quiso dominar al clero de México mismo, para perse¬guirme y desprestigiarme.
Lo de mi escepticismo guadalupano irritó indignó en sumo grado al Obispo y Cabildo de Puebla, que me amenazaron con la inquisición romana. Tengo sus comunicaciones que a su tiempo se publicarán.
El Obispo de Puebla era Abogado y juzgo que su cabildo, en que figuraba el actual Arzobispo de aquella Ciudad, que firma la comunicación de su Corporación, era algo ilustrado.
¿Cómo pudieron esos señores amenazar a un mexicano con los juicios de la inquisición Romana? Nuestras leyes son claras y terminantes, y un mexicano se ríe de la institución inquisitorial de Roma.
Pero todo eso me puso en contra a Roma y los suyos y vino en mil ochocientos noventa y seis un enviado del Papa, llamado Nicolás Averardi, con instrucciones expresas de quitarme mis ideas.
Este hombre fue quien me hizo separar de Roma y los suyos, y a este hombre lo ha pintado con negras tintas el Obispo ac¬tual de San Luis Potosí.
Este enviado de Roma, que se llamaba Visitador Apostólico, salió del país, después de algún tiempo, sumamente desairado.
Pasaron algunos años, y el pasado vino otro enviado del Papa, un fraile benedictino llamado Domingo Serafíni, que, como buen fraile sólo se ocupó de comer, beber, pasearse y recibir ovaciones y religiosos presentes, hasta que los tapatíos, con un Arzobispo ignorante y pretencioso, le dieron naranjazos,
Esto bastó para que el frailecito se asustara tanto, que casi de incógnito volvió a México y se marchó a Roma sin librarse de algunos silbidos que recibió por Yucatán.
–¡Qué poca energía y qué falta de abnegación en los que se llaman falsa y sacrílegamente ministros de Cristo y dispensado¬res de los misterios de Dios!
¡Qué poca energía y qué falta de abnegación de las Prelados Mexicanos que fomentan con su conducta la de los enviados del Papa!
Estos son los antecedentes de los ecos que esta Quinta produce en la actualidad, y que ocupan al que la habita.
ECOS PRIMEROS
Después de lo dicho en la introducción, sonó en estos muros la especie de que venía un tercer enviado del Papa, con el ca¬rácter de delegado suyo, y cuyo nombre es José Ridolfi.
Expresó el sonido que Monseñor Ridolfi, era Ilmo. y yo, que he sido Obispo, no sé hasta ahora en qué consiste ese Ilmo. de quien ni siquiera es ilustre.
Dijo el sonido que el Sr. Ridolfi era Digmo. y así se llaman los Obispos todos, aunque sean ebrios, libidinosos, avaros, etc., porque el derecho canónigo enseña que el Episcopado es el grado mayor de perfección cristiana.
El tratamiento de Excelencia o Excelentísimo que se da a ese enviado del Papa es recuerdo de lo que fue y de lo que quiere ser el Papado.
El expresado Ilmo., Digmo. y Exmo. Don José Ridolfi entró al país por el ferrocarril Nacional, y sin ser sentido de nadie, ni admitir manifestaciones públicas, como Averardi y Seráfini; y se dijo que ni bendiciones quiso dar públicamente.
Está conducta del enviado de Pío X pudo interpretarse por Ánimos perversos, como temor a los naranjazos tapatíos y silbi¬dos yucatecos, pero los Ánimos bien dispuestos, como el mío, Eduardo Sánchez Camacho, creyeron otra cosa, y se equivoca¬ron o nos equivocamos.
Pío X, al subir al llamado trono pontificio -Cristo no tuvo más trono que la Cruz- dio su primer Encíclica para restablecer todo en Cristo: “Restaurare Omnia in Cristo” fue el nombre o título de esa Encíclica.
Creímos los cándidos qué Monseñor Ridolfi procuraría realizar la idea papal, y que, con la modestia y humildad cristiana trabajaría por restablecer las costumbres cristianas en el clero y en el pueblo.
Creímos los cándidos que Monseñor Ridolfi no quería reino, ni honores ni riquezas en este mundo, sino que daría al César lo que es del César y se conformaría con la segura posesión de Dios, después de está vida.
Creímos los cándidos que se establecería en México la religión Cristiana, quitándonos la Castellana que en mala hora nos trajeron los conquistadores en el siglo quince y dieciséis.
Los cándidos creemos o sabemos, por que no creemos en nada que no sea claro como la razón, que la religión Cristiana es la natural y que está es benéfica al hombre y a la Sociedad; y creímos que se llegaba el día de tener ese bien. ¡Qué errados anduvimos!
Monseñor Ridolfi llegó a México y se encontró con un sacerdote italiano Cerreti, que era su secretario, que había hecho ya su fortuna en México, como secretario de Seráfini y como encargado de la delegación Apostólica.
Ese Cerreti había recibido los naranjazos de Guadalajara, pero el amor al dinero lo hace abnegado e indiferente a los desai¬res.
Ese Cerreti sabía y sabe que el Clero mexicano, más inmoral que todos los del viejo mundo, es generoso, conoce el modo fácil de hacer dinero, y proporciona el modo de adquirirlo, si no lo da en abundancia.
Ese Cerreti sabía y sabe que la idolatría del pueblo mexicano es muy productiva de dinero.
Todas estás lecciones las aprendió luego Monseñor Ridolfi, y como buen clérigo italiano y adorador de Mamón y de Baco y de todo el Olimpo Griego, prefirió el gozo a la vida difícil del cristiano ¡y a gozar dijo! y a gozar se fue.
Primero empezó por el pulque, buenos vinos chalupas y demás golosinas de los pueblos del Arzobispado de México, que le dieron también buen dinero y le hicieron manifestaciones públicas contra nuestras leyes.
Vino luego el creso de Morelia y le dio ¡Cuántas y cuán buenas cosas! Fue tanto lo que allí gozó Su Excia. Ilma., que no pudo menos de publicar una manifestación solemne de su gratitud. ¡Poderoso caballero es Don dinero!
Después de esto lo invitó el creso de Puebla. ¡Cuánto y cuán bueno encontró allí su Excia. Ilma.! Pero Cristo quedó por los suelos.
Ahí dejo a ese Sr. Delegado para ocuparme de él otra vez, cuando nuevos sonidos hieran estos muros.
Algo siento de emulación y envidia, y hasta me dan ganas de volver a ser Obispo al ver lo bien que comen, beben y se di¬vierten los Sres. Arzobispos y Obispos de México en compañía de Su Santidad o de sus Exmos. Delegados.
Yo estoy reducido a un censo que con trabajo pude consignar sobre unas fincas que vendí al finado Sr. Don Filemón Fierro y Terán.
Esas fincas valían cuarenta mil pesos y las vendí por dieciocho mil porque no pude conseguir más del Ilmo. comprador, y no quise crear dificultades a su administración.
Dejé el capital gravando las fincas y en ellas se consiguió el miserabilísimo censo de doscientos pesos mensuales, que son insuficientes para mis necesidades de viejo y naturalmente enfermizo, y para las de los pobres verdaderamente dignos, que aquí se acostumbraron a verme como a su Providencia.
Los cincuenta o cuarenta mil pesos que gasté en está Iglesia Catedral, ni se me han pagado ni reconocido.
Los ochenta mil pesos de mi congrua, durante los diez primeros años de mi administración de este Obispado, que nada tenía antes de formar yo su Hacienda, ni se me han pagado, ni reconocido.
Compré en Guadalajara una casa para alojar en ella a las dispersas monjas Capuchinas. Por manejos del Secretario del Ilmo. Sor. Loza Don Florencio Parga extendí en favor de este Señor, aquí en Victoria, escritura de venta de dicha casa, que en estricta justicia era y es mía.
En esa escritura expresé que el precio se me había satisfecho, por respeto y atención al Santo Señor Loza, por quien yo ha¬bría dado la vida.
Ni el Sor. Parga, ni mucho menos su ignorante y pretencioso Prelado actual me han pagado ni reconoció ese capital; por que parece que sólo saben dar ocasión de que los delegados del Papa reciban naranjazos.
Después de esto puede juzgarse de la razón de mi emulación y envidia de los que comen, beben, y se divierten por mayor; y si se juzga que no tengo razón, dejaré de ser envidioso y que coman y beban y gocen los que son menos cándidos que yo.

II
Repercutió aquí también que el Episcopado Mexicano reprobaba mi conducta de separación de Roma y los suyos.
Esto es tan claro como la luz meridiana. Se cree qué el Papa es el centro de la unidad Católica, como se llama falsamente la Iglesia Romana; y se cree que sin esa unidad no se puede ser. ¡Error garrafal y patente a todos los que quieren ver!
¿Qué unidad es esa que se quiere conservar con el Papa? ¿Es la unidad de religión? Hay centenares de religiones en el mundo que no reconocen al Papa.
¿Es la unidad de fe? ¡Cuánta discrepancia existe entre la fe de los romanistas en los Estados Unidos de Norte América y los de México!
¿Qué fe es esa que necesita unión con el Papa? ¿Es la fe de nuestros indios? Ciertamente no. Nuestros indios son idólatras, y con conservarles sus ídolos con los nombres de vírgenes o santos, hacen ningún caso del Papa.
Si esto es lo que quieren los Obispos romanistas en México, hagan la prueba; fomenten el culto que profesan sus indios y su gente del Pueblo, sáquenles Cuánto dinero puedan, sin dar nada al Papa y a sus delegados, y verán cómo subsisten ricos e influyentes sin necesidad de nadie o sin necesidad del Papa.
El papado el día de hoy sólo es un charco hediondo y miasmático, formado por los residuos de los torrentes de sangre y lá¬grimas que causaron todas las usurpaciones y despojos de tronos, bienes honor y fortuna, en la edad media. El papado es el estanque hediondo miasmático y mortífero, residuo de todos los absolutismos, de todos los despotismos, de todas las tiranías, de todas las guerras injustas, de todos los asesinatos, de todas las víctimas inmoladas en hornos u hogueras, de todas las ca¬lamidades y desgracias que como torrentes inundaron a Europa en la edad media.
Tiene que acabar esa institución, por más que los Obispos Mexicanos quieran sostener en México con perjuicio de nuestro pueblo.
Hágase lo que se quiera contra mi modo de obrar en está parte: protéstese tácitamente contra mí derrochando el dinero de nuestro pueblo en francachelas episcopales y papales.
Esto mismo justificará mi conducta y todos verán que los autores del mal son los Arzobispos y Obispos de México, apoya¬dos por los enviados del Papa, y para fomentar los vicios de éstos.
Día vendrá en que esos Sres. mitrados que deben ser los defensores de nuestro pueblo, y que lo esquilman, embrutecen y abaten hasta lo sumo, paguen o sufran la pena de su delito de lesa humanidad y de traición a los que los sostienen, toleran y sufren.
Sigan los Arzobispos y Obispos mexicanos fomentando la avaricia, y los vicios del Papa y sus enviados: sigan protestando tácitamente contra mi modo de pensar y de obrar contra el Papado, que ya sentirán las consecuencias de su conducta antipa¬triótica e indigna.

III
!Qué terquedad tan brutal! ¡No creyera yo, ni me parece que ningún hombre de sana razón puede creer 1o que hace la su¬perstición pertinaz y ciega de los hombres que se llaman grandes e ilustrados y que deberían ser los guías de la multitud, para, llevarla a su verdadera dicha, y son verdaderos lobos que devoran al pobre ignorante, que desgraciadamente cree con fe ciega en embustes religiosos!
¡Un joven de buenas disposiciones intelectuales, nacido en algún pueblo próximo a Tezucan o a Matamoros Izúcar o Izúcar de Matamoros, de la clase de nuestro pueblo indígena! ¡Un joven que podría haber sido útil a su país, si no hubiera tenido las creencias fanáticas de sus antepasados, y una ambición sin límites en el orden religioso o pecuniario!
Ese joven buscó el lugar que en sus primeros años impartía la instrucción científica en Puebla, e ingresó a aquel Seminario.
Su Prelado, Don Carlos Ma. Colina, vio que el joven prometía mucho en lo eclesiástico: y lo mandó a la cueva de lobos, que en mala hora promovió que se estableciera en Roma un Sacerdote de la América del Sur.
En ese establecimiento, nuestro joven, con su apariencia de profunda humildad, o tartufismo natural, ganó el afecto de sus profesores y el de personas influyentes, que es lo que todo lo puede y todo lo hace en aquella levítica ciudad.
Con los expresados elementos y su natural tartufismo, nuestro joven obtuvo grado o grados académicos en la ciudad de las tradiciones o de todas 1as ficciones religiosas de todo el mundo; y por eso la ciudad, en lo religioso, de todas las mentiras que pueda forjar la imaginación enfermiza y exaltada de algunos y la mala fe de muchos.
Los grados académicos en Roma se obtienen con facilidad ni hay influencias: y si hay dinero, la cosa es más fácil. No quiero injuriar al joven aludido diciendo que debió su grado o grados a esos elementos: pero el caso es que esos doctores y maestros que salen de la cueva de lobos de que antes hablé, poco hacen y poco brillan en México.
Lo que nuestro joven hizo fue aumentar su fanatismo en un mil por uno. Dijo algún Santo Padre, creo que San León Magno, que Roma, de maestra del error se había convertido en discípula de la verdad, y se equivocó e1 buen Pontífice.
Debió decir que Roma de maestra del error gentílico, más filosófico que otros muchos, se convirtió en maestra de los milla¬res de errores que producen las cabezas desequilibradas de los llamados creyentes romanistas.
Nuestro joven volvió a su país con su multiplicado fanatismo y su natural ambición, y luego fue hecho Prebendado de Pue¬bla; y poco después Vicario Capitular de aquella Diócesis.
Siguió su afán de ser mucho, y fue Obispo de Chilapa, de donde vino muchas veces a Puebla y México, y estableció en ésta el Apostolado de la Cruz, si no recuerdo mal.
Los que conocemos los manejos clericales juzgamos que ese Obispo novel, quería algo más: y en efecto fue a poco nom¬brado Obispo de Puebla.
No se conformó con esto, sino que a poco resultó que Puebla era Arzobispado, y que nuestro aludido era su primer Arzo¬bispo.
¿Qué querrá ahora? Ser Cardenal y Papa si es posible; porque esa es la modestia y humildad cristiana que en nuestros tiem¬pos profesan los altos dignatarios de la Iglesia romana; dando un buen ejemplo a sus subordinados, que quieren también, en gran número, ser algo más que simples sacerdotes.
Ese joven indígena, ese indio inteligente, ese seminarista aventajado de Puebla, ese alumno de la cueva de lobos Pio Latino Americano, ese infulado romano, ese prematuro Prebendado, Obispo dos veces y Arzobispo, ese fundador de una Sociedad religiosa, ha mandado un Edicto a su clero y desgraciado pueblo, que expresa las siguientes falsedades, que he de demostrar que lo son, porque cualquiera puede verlo.
O juzgamos que el autor de ese Edicto cree lo que dice, y tenemos, en consecuencia, que considerarlo como un analfabeta vulgar; o juzgamos que conoce la falsedad de sus asertos, y hemos de decir que es un descarado, embustero y mentiroso. Cada cual elija el juicio que de ese personaje pernicioso quiera formarse.

IV
Dice en su Edicto de fecha 7 de Noviembre de 1905, el Ilmo. Rmo. Sor. Dor. Don Ramón Ibarra y González, lo siguiente, entre mil cosas y barbaridades.
1o. “El venturoso día 12 de Diciembre… Está fecha memorable, que es una de las más gloriosas de nuestra Historia…”
2o. “…la Santísima Virgen de Guadalupe… quiso que se pintara milagrosamente por medio de los ángeles, en la tosca tilma de Juan Diego, su incomparable imagen…”
A1 contemplar este prodigio (el de la falsa aparición del Tepeyac) el inmortal Pontífice Benedicto XIV, lleno de emoción exclamó: Non fecit taliter Omni Nationi: “No hizo Dios cosa semejante con otra nación”.
3o. “Nuestra amada Arquidiócesis que tiene la gloria de haber iniciado las peregrinaciones diocesales al Tepeyac…”
4o. “…preferiríamos mil veces que está ilustre Iglesia Metropolitana de Puebla, desapareciese del mapa de la República, antes que alguien vea defeccionarse en tributar a la Gran Madre de Dios, esa prueba de amor filial (la peregrinación al Tepe¬yac) y de su inquebrantable creencia en el sobrenaturalísimo Guadalupano”.
5o. “…el demonio comienza a hacer la guerra a las peregrinaciones del Tepeyac”.
6o. “Esos obsequios espirituales podréis mandarlos a nuestra Secretaría de Cámara y Gobierno, al terminar el mes de Enero próximo…”
Voy a ocuparme en demostrar, en breves palabras, que son falsos todos esos asertos del Sor. Ibarra, a excepción del último, que es el positivo y móvil de toda esa piedad impía y de toda esa palabrería.
Declaro con toda sinceridad que no es mi capricho el que defiendo, porque hoy nada me interesa la Iglesia Romana sino la vergüenza que me da de haber pertenecido a un gremio de Obispos que se empeñan en sostener e imponer una cosa falsa a todas luces, desprestigiándose a sí mismos y a la religión de Cristo, que dicen que enseñan.

V
El primer aserto que cito del Sor. Ibarra dice: “El venturoso día 12 de Diciembre… Está fecha memorable que es una de las más gloriosas de Nuestra Historia…”
No hay una sola palabra en la Historia de México que se refiera a la aparición de la Madre de Cristo en el Tepeyac.
Suárez de Peralta dice que la imagen, milagrosísima, como él la llama, se apareció entre espinas; general único que en el siglo. XVI habló de la imagen de Guadalupe aparecida entre espinas.
La aparición de imágenes fue muy frecuente en España y el P. Florencia en su “Estrella del Norte” y refiriéndose a la Gua¬dalupe de aquel país nos dice el modo de su aparición.
Aquí en Tamaulipas hay muchas imágenes aparecidas, siendo la más notable la del “Chorro” o “Chorrito”; pero ni esa ni ninguna otra tiene las pretensiones de origen angélico o divina, ni menos de ser obra de la Madre de Cristo. ¡Son más racio¬nales los tamaulipecos que el Ilmo. Arzobispo de Puebla!
Algún sabio ha dicho que los indios acostumbraban poner sus imágenes fuera de las iglesias, y que de allí las levantaban los clérigos o empleados de los templos.
Tal vez Marcos Cipac, autor de la imperfectísima pintura del Tepeyac, la puso fuera de la ermita que allí había y fue reco¬gida por los empleados de dicha ermita o Capilla para que hiciera milagros.
Todas estas explicaciones son innecesarias, porque los que no creen en la Aparición de la persona de la Madre de Cristo en el Tepeyac, no se refieren a imágenes sino a la Mujer María de Nazaret hija de Joaquín y Ana, según la leyenda bíblica y dicen que nunca han visitado esa Señora del Tepeyac.
Mientras no se demuestre a esos incrédulos a quienes pertenezco que María estuvo en el Tepeyac están en su pleno derecho si lo niegan.
Ningún historiador del siglo XVI ha dicho nada de esa aparición; luego no sucedió.
Este argumento concluyente en Historia y en Derecho, lo desechan los aparicionistas, por que dicen que es negativa.
Suponen, lo que deben probar, que están en posesión de la verdad y que un argumento negativo nada vale contra ellos; pero no prueban, ni pueden probar esa verdad de que blazonan.
Dado y jamás concedido, porque es claramente falso, que Suárez de Peralta no hablara de aparición de imagen sino de la persona de la Madre de Cristo; ese escritor fue de fines del siglo XVI, y su dicho nada vale, según la regla, que debe saber muy bien el Sor. Ibarra: “Dictum Unius, Dicturn Nilllius”’ o “Dictum Unurn, Dicturn Nullum”.
Este principio de derecho, es natural y generalmente aceptado y practicado. Ninguna persona sensata acepta la primer espe¬cie que oye sobre algún asunto; si no que espera que lo que ha oído, o se le ha dicho lo confirme el dicho de otro u otros.
En derecho un testigo no es prueba suficiente de ningún hecho o dicho; si no que se necesitan por lo menos dos intachables y contestes, para hacer prueba jurídica.
Si esto sucede en hechos humanos sujetos a nuestros sentidos, es de todo punto indispensable en hechos sobrenaturales, o que se dicen sobrenaturales; y en estos juzgo que no es prueba suficiente el dicho conteste de dos personas, sino que se nece¬sitan muchas más, perfectamente despreocupadas, libres de toda presión y de cerebro enteramente sano.
Nada de esto nos pueden presentar, ni citar los aparicionistas, ni el Sor. Don. Ibarra puede hacerlo; luego en el siglo VI no hay autor ninguno, ni historia ninguna del glorioso día 12 de Diciembre como se lo imagina, o pretende imaginarlo el Ilmo. Sor. Arzobispo de Puebla.
Este es argumento negativo que prueba plenamente en Historia, y que nos basta a los antiaparicionistas, mientras no se nos den pruebas plenas y suficientes de lo contrario; pero veamos ni hay algo más contra la fingida Aparición del Tepeyac.

VI
Pocas palabras para ser difuso.
El Obispo Fr. Juan de Zumárraga, dijo o hizo que dijera algún empleado o súbdito suyo: “Ya no hay milagros”. Es así que la Aparición Guadalupana de que habla Sor. Ibarra habría sido un milagro; luego no lo hubo en tiempo de Zumárraga.
El P. Sahagún, religioso instruido, piadoso y virtuoso, tacha de idolátrico el culto de la imagen del Tepeyac; luego este no tenía origen divino, ni era obra de la Madre de Cristo.
El mismo dice que “…en tan poco tiempo y con tan poca lengua y predicación y sin ningún milagro, tanta muchedumbre de gente se había convertido”. Luego no hubo el sobrenaturalísimo guadalupano, ni se obró el gran milagro de que habla el Sr. Ibarra.
El P. Mendieta, dice: “…será bien decir algo del ejemplo con que estos siervos de Dios (los religiosos) y primeros evangeli¬zadores vivían y trataban entre tanta multitud de infieles, que para su conversión fue una viva predicación, y suplió la falta de milagros que en la primitiva iglesia hubo, y en está nueva no fueron menester”. Luego falta la página gloriosa del Sor. Ibarra.
El mismo dice: “Y como estos indios naturales de está Nueva España con tanta facilidad y deseo recibieron la fe, no han sido necesarios milagros para la conversión de ellos”. Luego no sucedió el milagro de la Aparición.
Es bueno rectificar la falsa especie proferida el año pasado en el Congreso Mariano de Morelia, por alguna persona de ins¬trucción y tal vez de buena fe. Dijo que la Guadalupana había influido en la evangelización de los indios; y ya se ve que esa evangelización se hizo sin milagros y sin la Guadalupana.
Asombra verdaderamente que hombres instruidos y honrados ignoren que el culto guadalupano, tal como hoy se profesa en la Capital de la República, o con la falsa especie de la Aparición, es muy posterior al establecimiento del cristianismo español o castellano -el que tenemos- en México.
Las diócesis antiguas ni pensaron en la Guadalupana, y las erigidas hasta el siglo XVI, no se distinguieron por su piedad y culto de Guadalupe. El que esto escribe nació en un pueblo cristiano, a la castellana se entiende, y sólo recuerda haber visto en lugar secundario de la iglesia de Hermosillo una mala pintura de Guadalupe.
Sería interminable citar escritores del siglo XVI, que como los anteriores que he citado declaran la falsedad de la Aparición, y sólo quiero recordar dos testimonios que hacen prueba plena en cualquier juicio.
Si el Sor. Ibarra citase algunos autores, estos son posteriores al R. don Miguel Sánchez, que de algún viejo archivo sacó el sainete o comedia que, para representarse en algún día de fiesta escolar, compuso Don Antonio Valeriano, indio inteligente, docto y alumno aprovechado del Colegio de Santiago Tlaltelolco.
Publicó Sánchez, en 1648, esa comedia convirtiéndola en historia, pero fue tan desgraciado en su empresa que la comunicó al Capellán o vicario de la Ermita de Guadalupe Don Luis Lazo de la Vega, que la propagó entre los indios, pero contestó a Sánchez, que él y todos sus antecesores nada sabían de esa Aparición; luego ni había ésta -la aparición- ni había, ni hay, ni habrá la decantada tradición de que hablan los aparicionistas.

VII
Los primeros frailes franciscanos que vinieron a México, en la época de la conquista, fueron hombres ejemplares en el cumplimiento de su oficio.
Procuraron en sus predicaciones y con su ejemplo y conducta, apartar a los indios de la idolatría. Vinieron, por esto, con disgusto, que se divulgara que la imagen de Guadalupe que se veneraba en el Tepeyac, y que era obra del indio Marcos Cipac o Marcos de Aquino, hacía milagros.
Juzgaron que esto hacía a los indios que adorasen a las imágenes, como hoy lo hacen con autorización y aun por orden de los Prelados; volviendo así a la idolatría, que es la que practicaban nuestros indios.
El P. Fray Francisco de Bustamante, Provincial de los franciscanos, predicó en alguna iglesia de México el ocho de Sep¬tiembre de 1556 y dijo todo lo que antes he expresado en este párrafo.
Dijo además que el que inventó o por primera vez dijo que aquella imagen hacía milagros, merecía que le dieran cien azo¬tes, y doscientos al que siguiera divulgándolo.
Dijo que el Arzobispo Fr. Alonso de Montúfar, que entonces gobernaba aquella iglesia, autorizaba esos falsos milagros, contra lo dispuesto por un Concilio de Letrán, bajo pena de excomunión.
Y dijo también que el Virrey, que estaba presente debía como Vice-Patrono, poner la ley al Arzobispo.
Esto irritó a Su Señoría Ilustrísima, el Sr. Montúfar, e inició un proceso contra el Padre Bustamante, por falta de atención y respeto al Prelado.
En ese proceso consta todo lo que llevo expresado, y consta además que el Arzobispo Montúfar dice, que él no había auto¬rizado los milagros de la Virgen o imagen del Tepeyac, sino que “no hacía caso de ellos, porque no tenía información hecha de ellos: que andaba haciendo la información…” Este es documento oficial, que hace prueba plena en cualquier juicio.
Luego en 1556 no había habido aparición, sino que se sabía y decía públicamente que la imagen del Tepeyac era pintura del indio Marcos Cipac, y sus milagros no eran auténticos.
Esto llegó a oídos de Su Majestad el Rey, entonces nuestro Señor, y pidió informe al Virrey Don Martín Enríquez sobre el origen de la ermita y culto de la imagen del Tepeyac; y el Virrey contestando en 23 de Septiembre de 1575: “que el año de 55 ó 56 estáva allí (en Guadalupe) una ermitilla, en la cual estáva la imagen que ahora está en la iglesia, y que un ganadero que por allí andava, publicó aver cobrado salud yendo A aquella hermita y empezó a crecer la devoción de la gente, y pusieron nombre A la ymagen Nuestra Señora de Guadalupe por dezir que se parecía a la de Guadalupe de España”.
Luego el origen de esa imagen del Tepeyac y de su culto no es la supuesta y falsa aparición.
Este documento también hace prueba plena en derecho, por ser oficial de un Virrey a su Soberano. Sé muy bien que algún jesuita residente en Puebla en años pasados, contestó este irrefragable testimonio del Virrey Enríquez con injurias a su per¬sona, que fue protector de la orden de Loyola; pero las injurias no son razones, ni argumentos ni pruebas, sino desahogo de quien no tiene qué contestar, y que deben despreciarse o castigarse.
Suspendo aquí estos Ecos para continuarlos en una segunda parte.
Sólo quiero añadir algunas palabras que me interesan mucho a mí personalmente, y que pongo en el párrafo siguiente.

VIII
Juzgo que lo que he dicho del Papa y del Papado va a proporcionar a Su Santidad grandes manifestaciones de profunda su¬misión y respeto del Clero Mexicano.
Esa sumisión y respeto sin límites va a llevar a Su Santidad ricos presentes de oro y otras cosas preciosas,
Los romanos como Su Santidad numeraban cuatro Quasi contratos y uno de ellos era: “Facio ut des” “Hago para que des”.
Creo por eso que Su Santidad debía en justicia asignarme siquiera el sueldo mensual de uno de los suizos de su guardia pa¬latina; y eso me serviría mucho en mis actuales circunstancias económicas.
El Sor. Delegado de Su Santidad en México va a ser también objeto de mayores obsequios; va a tener más invitaciones, más banquetes, más músicas, más veladas literario-musicales más recepciones, y más obsequios pecuniarios; y todo eso por lo que yo he dicho.
Juzgo que su Excelencia Ilustrísima y Reverendísima y Dignísima debe pagar mis buenos servicios con algunos miles de pesos de los que reciba.
Los Ilmos. Digmos. y Reverendísimos Sres. Arzobispos y Obispos de México, van a tener, por lo que yo he dicho, un grande incremento de piedad en sus fieles, y esa piedad se traduce en plata y oro.
Nada cuesta a Sus Señorías Ilustrísimas y Reverendísimas, mandarme siquiera el diezmo de ese aumento de piedad argen¬tina y dorada.
E1 Ilmo. y Rmo. Sor. Arzobispo de Guadalajara, ignorante y pretencioso como es, traerá otros cien mil peregrinos a la Ba¬sílica Guadalupana, les hará veinte funciones, para que todos tengan el gusto de asistir a alguna de ellas, predicarán los nota¬bles oradores Canónigo Dor. Don Ramón López y el Canónigo y Dor. Don Pedro Romero, recibirá las calurosas felicitacio¬nes del anciano y venerable Obispo de Chilapa, Dor. Don Homobono Anaya, en cuyo acto Literario para obtener la borla se empató la votación, y su Mtro. Don Francisco Melitón Vargas, Rector entonces del Seminario de Guadalajara, y en ese acto literario y noche triste del Sr. Anaya, Presidente del Claustro, con voto decisivo por esto, resolvió la votación en su favor.
Está valiosísima felicitación de hombre tan ilustre, el hecho de haberse separado el Ilmo. Sor. Ortiz del camino seguido por su Santo Predecesor, el Sor. Loza, el aumento de piedad de los fieles, los naranjazos que fue causa de que dieran al Exmo. Seráfini etc., etc., etc., deben proporcionarle fuertes sumas, y con desahogo pueda su Señoría Ilustrísima pagarme este buen servicio que le hago, o al menos pagarme las casa que ocupan sus Capuchinas, y que es mía en estricta justicia.
El Digmo., Ilmo. y Rmo. Sor. Doctor Don Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera, que va a tener, por mis bue¬nos oficios, aumento de ingresas de en las cajas de la Basílica Guadalupana, debería nombrarme Canónigo honorario de esa Iglesia con goce del sueldo de Canónigo. Esto sería muy poco, pero yo me conformaría con ello.
Si los Sres. aludidos y expresados me hacen justicia, diré que al fin la hicieron en algún caso y si no me la hacen, diré que saben utilizar el trabajo ajeno sin retribuirlo.
Quinta del Olvido en Ciudad Victoria, Capital de Tamaulipas, Diciembre veinticinco, Fiesta de la Natividad de Nuestro Se¬ñor Jesucristo, postergado hoy por la indita Guadalupana, y año de mil novecientos cinco.

SEGUNDA PARTE
De la trama, muy mal hecha del Edicto del Ilmo. Sor. Arzobispo Don Ramón Ibarra y González, se pueden tomar tantos puntos, en el sentido gramatical, literario y científico que no quedaría ni un solo hilo de esa trama; pero yo he tomado los que me convienen y quedan enumerados en la primera parte de estos ecos.
Dice Su Señoría Ilustrísima que “…la Santísima Virgen de Guadalupe… quiso que se pintara milagrosamente por medio de los ángeles, en la tosca tilma de Juan Diego, su incomparable imagen.
Al contemplar este prodigio el inmortal Pontífice Benedicto XIV, lleno de emoción exclamó: “Non fecit taliter omni na¬tioni” -No hizo Dios cosa semejante con otra nación-.
Comienzo por el último disparate. Las palabras que se citan de un salmo “Non fecit taliter omni nationi” no consta que las haya dicho el chocarrero o chistoso Lambertini, alias Benedicto XIV. Dado y no concedido que las haya dicho con relación a la falsa aparición del Tepeyac, no se traducen bien.
“Non fecit taliter onini nationi” quiere decir que no hizo ¿quién? Dios si se quiere, cosa semejante a todas las naciones.
Esto decía el Salmista de Israel, o de los judíos, que según la leyenda mosaica, recibieron su religión y sus leyes todas de Dios.
Pero ni el salmista excluyó a otros pueblos, de ese beneficio que él decía habían recibido sus nacionales.
Las religiones todas antiguas de Oriente y Occidente, del Sur y del Norte, positivas o reveladas como lo fueron y son hasta la fecha, tuvieron mil apariciones de sus dioses primarios y secundarios y todavía hasta hoy esos dioses encarnan y se multi¬plican, y el Gran Lama del Tibet es encarnación de Dios.
Las naciones modernas o de moderna organización política o religiosa, tienen también sus dioses aparecidos, y sin repetir lo que ya dije de nuestro chorro o chorrito, ¡Cuántas imágenes hay en México que se dicen aparecidas!
¿Y en Europa? Todas las naciones de sangre y corazón, o latinas, tienen sus apariciones.
Allá en Loreto, Italia, está, según dicen, la casa misma en que habitaron Cristo, su Madre y su Padre en Nazaret, Judea; lle¬vada a Loreto por los ángeles, ni más ni menos que los que pintaron, según los Sres. Don Miguel Sánchez y Don Ramón Ibarra a la Virgen o imagen del Tepeyac.
Los españoles tienen su Pilarica y la Virgen que en sus batallas acompañó a Pelayo, fuera de otras mil apariciones antiguas y modernas.
Los franceses tienen a su Cleta aparecida a dos niños cuyo testimonio bastó para que aceptaran esa ficción.
Tienen también los franceses a su Inmaculada Concepción aparecida en los Pirineos a la Cataléptica Bernadette o Bernadeta o Bernardina, que encerraron luego en un claustro, y adoran a la aparecida más que a Dios; ni más ni menos como el Ilmo. Sor. Ibarra adora la pintura del indio Marcos Cipac en el Tepeyac.
El Salmista no se opuso a nada de esto, y dijo solamente que no a todas las naciones había hecho Dios lo que con los israe¬litas a quienes dio ley y gobernó.
Es falsa, pues, la traducción que se hace del texto citado y ya expresado.
Dijo el Obispo actual de San Luis Potosí, en la solemnísima ocasión de las honras hechas a los Papas protectores del culto guadalupano, en su sermón predicado en esas honras en la Iglesia de Santo Domingo, de México, el año próximo pasado de mil novecientos cuatro, que Lambertini debió su Cardenalato y su Papado a chistes, que era chistoso o chocarrero, y que se burló del Agente de la indita del Tepeyac. ¡Crea en chistes o chocarrerías el Sor. Ibarra! O crea en lo que dijo el abogado del diablo, como llamó también el Obispo de San Luis Potosí al inmortal del Sr. Ibarra.
Según las consejas populares de los poblanos, en el orden religioso, los ángeles han distinguido con su especial amistad y cariño aquella Iglesia.
Por allá anduvo, según esas consejas, San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial, y fue declarado Patrono y Pro¬tector de Puebla.
Lo raro en estos casos es, que los ángeles y santos ni comen ni beben, ni andan, y sus cultos se traducen siempre en oro y plata que los celestiales no reciben, pero que sirven mucho a los clérigos, sus, agentes en está pobre tierra.
Los ángeles ayudaron a los albañiles a construir la Catedral de Puebla. Los albañiles trabajaban de día y los celestiales, que aman las tinieblas, “lo hacían por la noche”.
La ciudad de Puebla se llama de los ángeles, y no sería extraño que mañana o pasado nos dijeran que el Ilmo. Sor. Ibarra, un poco deforme en sus facciones, con una boca algo irregular, etc., etc., es de naturaleza angélica, lo mismo que sus canóni¬gos, curas y demás clérigos.
Don Antonio Valeriano compuso una comedia para representarla en Santiago Tlaltelolco, su Colegio, e hizo aparecer en ella a los ángeles. Estuvo en su perfecto derecho, puesto que esa clase de escritores, son como los poetas y pintores, que, según dice Horacio, pueden atreverse a todo y poner cabeza humana y plumas a un cuello de caballo.
Los sacerdotes Don Miguel Sánchez y Don Luis Lazo de la Vega convirtieron en historia lo que en su origen fue una fic¬ción. Es perdonable eso en dichos sacerdotes por el tiempo en que lo hicieron, a mediados del siglo diecisiete, y por el am¬biente que aspiraban.
No es perdonable eso en el Sor. Ibarra, porque Su Señoría Ilustrísima vive en otros tiempos algo ilustrados, la crítica es más clara, y no es creíble que ese Prelado ignore la verdad de los hechos.
¿Qué pretende con esto el Ilmo. Sor. Ibarra? ¿Quiere hacer dinero con las consejas de los PP. Sánchez y Lazo? No quiero hacerle esa injuria.
¿Quiere su Señoría Ilustrísima fomentar con eso el culto de Dios? Dios falso será el que necesita falsedades para sostener su culto.
Que enseñe el Ilmo. Sr. Ibarra a Jesucristo Crucificado según la máxima del Apóstol de las Gentes: que lo enseñe con la palabra y con el ejemplo, y algo bueno hará por la sociedad.
Que no se ocupe el Ilmo. Sor. Ibarra ni el Ilmo. octogenario Sr. Obispo de Querétaro en enseñar consejas y mentiras mani¬fiestas.
Que no nos representen a la Madre de Cristo sentada en unas rocas esperando a Juan Diego, por que destruyen su culto y nos llevan al Olimpo y al Maní con dioses llenos de pasiones y dolencias como las nuestras, y ¡Adiós goces eternos! ¡Adiós felicidad después de está vida!
¡¡¡¡Jesucristo crucificado en la palabra y en el ejemplo!!!!
El hombre trabajador y sufrido, que con ese sublime ejemplo se alienta para la lucha en la vida vive feliz hasta donde es po¬sible, hace su bien y el de sus semejantes y merece volver satisfecho al Seno Felicísimo del Infinito que todo lo llena, todo lo dispone y todo lo hace.
Ese chocarrero Próspero Lambertini, que debió a sus chistes el capelo y la tiara, ese abogado del diablo que se burló del Agente guadalupano, no quiso autorizar la comedia Valeriano o Sánchez o Lazo de la Vega, si no que sólo permitió que se dijera, que circulaba el rumor de que se había aparecido en México la mujer que el visionario de Patmos viera allá en sus cavilaciones.
La honra de autorizar semejante ficción y manifiesta falsedad, estaba reservada al avaro, ambicioso y maquiavélico Joaquín Pecci o León XIII que admitió y autorizó toda la comedia de Don Antonio Valeriano; dando lugar a que clérigos ignorantes, como alguno de los de Guadalajara, que son ilustrados por cierto, pero que no dejan de tener en su gremio nulidades absolu¬tas, propusiera la beatificación del ficticio Juan Diego.
Vean los romanistas la conducta de sus Papas y de sus clérigos, y no acepten ciegamente las mentiras manifiestas que quie¬ran imponerles.

II
¡¡¡Por Júpiter tonante o por los dioses todos del Olimpo!!! A1 Ser Infinito y Supremo no apelo porque soy parte suya, según dice muy bien León Tolstoy, y no quiero traerlo de testigo de mentiras.
¿Es posible que el Ilmo. Sr. Ibarra nos cuente y nos quiera hacer creer que la Imagen del Tepeyac es incomparable, que está pintada por ángeles en la tilma de Juan Diego?
Ya dije que esto era perdonable a mediados del siglo diecisiete, pero en el siglo veinte merece silbidos, o naranjazos del Ar¬zobispo de Guadalajara.
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que el flamenco Fr. Pedro de Gante, lego franciscano enseñó o hizo enseñar algo de pintura a los indios en su colegio de Santiago Tlaltelolco?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que entre los aztecas era frecuentado y aventajado el arte de la pintura, con los defectos pro¬pios de los que no tenían las facilidades que hoy tienen las bellas artes?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que entre los alumnos del colegio del Padre Gante hubo un indio llamado Marcos o Andrés Cipac o Marcos de Aquino, que fue aventajado en la pintura, al grado de que el sincero y franco Bernal del Castillo lo llamara un modelo en su arte, porque aquel honrado militar sabía de pintura tanto como el Sr. Ibarra?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que ese indio Marcos Cipac ó de Aquino pintó la imagen que Su Señoría Ilma. llama incom¬parable?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que el lienzo en que está la imagen del Tepeyac, la Guadalupana que él adora idolátricamente, y que quiere que idolátricamente adoren sus diocesanos, es una tela común y corriente de que usaban todos los indios en México en tiempos de la conquista y desde antes, y que eso no era tilma ni parte alguna del traje de un indio, sino lienzo cualquiera propio, para un uso cualquiera, que yo he llamado y llamo ahora con toda verdad y propiedad, un trapo viejo?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que ese lienzo está mal preparado para la pintura, y que con el contacto de rosarios y otros amuletos, comenzó a descascararse, y obligó al Arzobispo de México y al cabildo de la Colegiata a prohibir esa contacto o toque de reliquias o amuletos?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que manos sacrílegas, como diría un Cabrera, pintaron ángeles en ese trapo y que algún pintor de hace nueve años, borró o trató de borrar el turbante o corona que tenia la mona o muñeca, pintada en el trapo aludido?
¿No sabe el Ilmo. Sr. Ibarra que a consecuencia de la orden que del Señor Don Antonio Plancarte recibiera ese pintor, el Ilmo. Sr. Don Crescencio Carrillo y Ancona escribió un sermón, que no predicó, en que ya forjó el nuevo milagro de la desa¬parición de la carona o turbante que el indio Marcos pusiera a la muñeca del Tepeyac?
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que el sermón de Carrillo y Ancona se imprimió, se mandó a Roma, y que aquella curia o su jefe, el estafermo o maniquí de todos los encarnados blancos, morados y negros, que lo rodean y manejan, para llevarse el dinero de todos los necios que quieren dárselos, elogió la piedad del Obispo Carrillo, como prueba segura de futuros lucros?
¿No sabe el Sor. Ibarra que Averardi persiguió o nulificó mejor dicho a Don Antonio Plancarte: que uno de los motivos fue el haber borrado la corona o turbante de la mona del Tepeyac, y que aquel Visitador Apostólico dijo que “la corona allí estaba pero que no podía verse?”
¿No sabe el Sor. Ibarra que el verídico, honrado, prudentísimo, caritativo, generoso, cristiano, sincero y verdadero, y Santo Sr. Loza dijo que la corona de la Virgen de Guadalupe, la imagen del Tepeyac, era un hecho, y que en nuestros tiempos no se juega con las milagros?
El Ilmo. Sr. Loza era mexicano y sabía muy bien lo que decía, y siempre decía la verdad cuando hablaba.
¿No sabe el Ilmo. Sor. Ibarra que la pintura, mona o muñeca del Tepeyac, pintada por el indio Marcos Cipac o de Aquino es lo más imperfecto y mal hecho que puede haber en género y especie de pinturas?
¿No ha visto Su Señoría Ilma., el Sor. Ibarra, que el serafín, ángel bueno o malo que esa mona tiene al pie se parece a su Señoría Ilma.?
¿No ha visto el Ilmo. Sor. Ibarra que la antigua Corona de la mona del Tepeyac, es un turbante como el que usan los indios en sus danzas?
¿No ha visto el Sor. Ilmo. Ibarra que las manos de su incomparable imagen son de india tortillera, deformes y despropor¬cionadas al resto de la pintura?
¿No ha visto el Ilmo. Sor. Ibarra, que la luna que a los pies tiene la mona del Tepeyac, está negra y no es la nuestra?
¿No deduce de todo esto el Ilmo. Sr. Ibarra que esa pintura no puede ser divina, u obra de ángeles en que él creé?
Si nada de esto entiende el Ilmo. Sor. Ibarra, Digmo. Arzobispo de Puebla de los Angeles, me inclino a creer que es un portento, que no es producto de está tierra, que no es natural de nuestro globo, y que, aunque es muy feo, es tal vez la natura¬leza angélica.
Si el Ilmo. Sor. Ibarra sabe todo lo que he dicho, que es público, notorio y sabido de todos lo que algo leen y entienden, digo con sentimiento que el Ilmo. Sor. Ibarra es el impostor más audaz que México pueda tener.

III
Dice el Ilmo. Sor. Ibarra, lleno de emoción y de… “Nuestra amada Arquidiócesis que tiene la gloria de haber iniciado las peregrinaciones diocesanas al Tepeyac”.
¡Qué cinismo! ¡Qué descaro! ¡Qué audacia ¿Es gloria imponer a los pobres indios analfabetas una falsa creencia y que el Obispo, que debe ser el maestro de la verdad, y el guardián de los intereses todos de sus diocesanos, sea quien les enseñe una mentira gravosa y que los haga gastar el miserable producto de su diario e ímprobo trabajo, en ir a adorar un trapo viejo en el Tepeyac?
¡Maldigo con todas las fuerzas que todavía tiene mi espíritu semejante gloria! ¡Quiero y deseo, aunque a nadie he hecho ni haré mal ninguno, que los hombres, sea su categoría la que fuere, que cifran su gloria en esquilmar al ignorante y desvalido, sean arrasados de la superficie de la tierra como punzantes espinas, como reptiles venenosos como seres indignos de la hu¬manidad y de sus fueros!
Si los indios, súbditos desgraciados del Sr. Ibarra necesitan prácticas religiosas, su Pastor, si lo fuera, debería proporcionár¬selas, sin gravarlos, sin empobrecerlos, sin afligirlos y humillarlos.
Ese falso Pastor de indios, debería ponerles el modelo de Jesucristo Crucificado, para animarlos al sufrimiento y al trabajo y sacrificios de la vida, sin necesidad de pagar ferrocarriles, ni andar a pie sin necesidad, ni exponerse a las burlas de la gente ilustrada de las grandes ciudades.
Veo que predico en desierto, y repito que ese Ilmo., Rmo. y Digmo. Sor. Arzobispo de Puebla de los Angeles, o es un zote o el hombre más perverso y pernicioso que puede haber en México.

IV
Las peregrinaciones religiosas son coetáneas de las religiones positivas, y, como éstas, son prehistóricas.
Las peregrinaciones religiosas siempre han sido inmorales, y fundadas en un falso principio.
Las peregrinaciones religiosas han buscado siempre a Dios en un punto determinado, y Dios está en todas partes, es infi¬nito, es inmenso, todo lo llena, está en nosotros, en él vivimos, nos movemos y existimos, somos parte suya, o nos anima; y buscarlo en otra parte es injuriarlo, es negarlo, es ser inmoral.
Si las peregrinaciones no se han llamado diocesanas, es porque el idioma griego es moderno, y los antiguos dieron otros nombres a las agrupaciones de creyentes fanáticos que emprendían esas caminatas.
No es pues del Ilmo. Sor. Ibarra, ni de su amada Arquidiócesis de Puebla el baldón, que no-gloria, de haber iniciado las pe¬regrinaciones, si no es al Tepeyac, que en el caso es accidental.
El baldón de las peregrinaciones es gentílico, fanático e inmoral, y a esa clase pertenece el Ilmo. Sor. Ibarra y su amada Ar¬quidiócesis.
V
El grupo de seres Humanos, que son un átomo, ante el Infinito que lo rodea, se forma de dos clases.
El Ser Supremo, Dios o la sustancia infinita que nos rodea, no está igualmente en todos los organismos que ella misma dis¬pone.
E1 alfarero hace vasos de honra y de ignominia. El artista hace obras de mérito desigual. El artesano hace cosas para usos muy nobles y otras para usos bajos e indignos.
El Ser Supremo da su sustancia o la coloca desigualmente en los organismos humanos y en los seres infinitos que produce.
La agrupación humana, los hombres y mujeres, los seres que habitan nuestro globo, y que son un átomo -repito para que disminuya algo nuestro orgullo- en medio del Infinito que nos rodea y está en nosotros, se forma de dos numerosas clases.
La mayor de esas clases son vasos pequeños que ni recibir ni contener pueden, sino pequeñísima parte de la Divinidad, y ese es el número infinito de necios de que habló alguno “Stuttorum infinitus est numerus”.
La otra parte, la menor de los seres humanos, tiene mayor capacidad, y su inteligencia o divinidad es mayor.
¡Cuánto va a reírse algún tomista romanista de la división que hago de la Divinidad! Pero es un hecho, y contra hechos no hay argumentos, ni los ficticios ángeles del Sor. Ibarra, pueden cambiar la naturaleza de las cosas.
La clase mayor de los humanos, por su poca inteligencia es meticulosa, y siente un pánico atroz al ver el relámpago, al oír el trueno, al ver una lluvia torrencial, al ver un río desbordado, al recibir un viento huracanado, al sentir un sacudimiento terrestre o al presenciar cualquier fenómeno atmosférico.
Los individuos de esa clase mayor e ignorante vuelven luego los ojos al espacio, y buscan un ser que los defienda del mal imaginario que se suponen.
Al lado de esa clase ignorante tenemos a la parte menor de la humanidad, inteligente más que la otra, y en ella hay indivi¬duos, y los ha habido siempre, audaces como el Ilmo. Sor. Ibarra, que aprovechan el espanto de los inferiores y se declaran Agentes de Dios. ¡He aquí el Sacerdocio en los tiempos prehistóricos e históricos y en nuestros propios días!
Esos hombres audaces con signos y amuletos atraen al ignorante, y lo hacen instrumento ciego de su voluntad. ¡He aquí al Sacerdote! ¡He aquí la explotación de la clase pobre! ¡He aquí la idolatría más baja y humillante! ¡He aquí las peregrinacio¬nes, etc., etc., etc.!
Esa clase privilegiada, esos sacerdotes falsos, esos falsos agentes de Dios, no pueden realizar todas sus inicuas tramas con la sola fuerza moral, y necesitan o fajarse la espada o buscar quien la lleve y les ayude. ¡He aquí el soldado despiadado y sangriento! ¡He aquí al dueño de vidas y haciendas! ¡He aquí al déspota! ¡He aquí al tirano! ¡He aquí el consorcio inhumano del Sacerdocio y el Imperio! ¡He aquí el origen de los poderes públicos sin necesidad del contrato social de Juan Jacobo Rousseau, y deducido sólo de lo que vemos, y que es resto de lo que fue y desgraciadamente será todavía mientras no cambie la humanidad!
Díganos ahora el Sor. Ibarra que su Diócesis tiene el baldón, que no-gloria, de haber iniciado peregrinaciones a dioses fal¬sos o falsas apariciones.
Las peregrinaciones son antiquísimas según la historia, y yo sostengo que son prehistóricas, por las razones clarísimas que he dado.
Las peregrinaciones han venido a hacerse más numerosas, más inmorales, y más perfectas, si el mal es capaz de perfección, entre los Mahometanos y Romanistas.
Tenga su gloria el Sr. Ibarra y su amada Arquidiócesis, que yo creo que nadie se la envidia.

VI
Las peregrinaciones son la parte más inmoral de los ejercicios religiosos, sea cual fuere la religión que se profese, pero esa inmoralidad es mayor en las peregrinaciones de los romanistas.
Concedo el hecho de que la mayoría de los humanos tiene espíritus débiles que necesitan en sus aflicciones y necesidades levantar las manos, la cara, y los ojos al espacio, buscando lo que no han de conseguir; y no tocarse la cabeza y ver lo que ésta les sugiere.
Concedo, por lo dicho, que las visiones, apariciones y ficciones de cerebros débiles y enfermizos, han de tener siempre o formar establecer y propagar religiones positivas o reveladas por, visionarios y catalépticos.
Juzgo que las leyes sobre sexo y su uso son tiránicas, y que proceden de la inmoralidad de los sacerdotes y tiranos, que han querido monopolizar el uso del sexo, reprimiéndolo en los demás, contra las leyes naturales.
Pero ¿es esa la moral que enseña el romanismo? ¿No es el amor al prójimo el que predica? ¿No obliga ese amor a mejorar la condición social de los ignorantes o necios? ¿No nos obligan los romanistas a una castidad que no practican? ¿No nos dicen que sólo a Dios se ha de adorar? ¿Cómo se concilia esto con las peregrinaciones?
¿Cómo se mejora la condición de la parte humilde de la humanidad, que es la más numerosa, haciéndola viajar de aquí para allá, gastar lo poco que esa clase adquiere con duro trabajo, en esos viajes, en ofrendas a falsos dioses, y en pago de otros gastos que esos viajes exigen?
¿Cómo se mejora la condición de los ignorantes, sin darles más instrucción que las consejas de imágenes aparecidas o de dioses falsos e indignos del culto del hombre?
¿Cómo se puede decir que se ama al prójimo, si sólo se le hace gastar el fruto miserable de su ímprobo trabajo, en neceda¬des, desatender a su mujer e hijos, vender lo poco que tiene para satisfacer exigencias infundadas, injustas de los Prelados y sacerdotes, y tal vez robar para satisfacer esas exigencias?
¿Cómo puede practicarse la castidad que los sacerdotes romanistas exigen, sin practicarla, hacinando personas de ambos sexos que viajan apiñadas, juntas unas con otras, y pernoctan lo mismo?
¿Cómo pueden defenderse o respetarse así los derechos falsos, que los sacerdotes romanistas y sus auxiliares los tiranos han decretado a la monogamia, que en mala hora, y para perder al mundo establecieron y han reglamentado y sostenido con mano férrea y leyes inicuas?
¿Cómo se adora sólo a Dios cuando se buscan a gran distancia objetos propios de su culto, que son indignos hasta de verse, y se les tributa el culto propio sólo de la Divinidad?
Díganos ahora el satírico romanista que los Egipcios eran unos cándidos porque les nacían sus dioses en los huertos, o por¬que adoraban en las cebollas y en 1os berros a la Divinidad que en ellos se mostraba, y que aparece en todas sus obras.
El cándido fue ese satírico, que perteneció a la nefasta clase que hoy quiere que andemos leguas y más leguas, para adorar lienzos viejos pintorreados por algún humano.
Adorar a Dios en sus obras es muy natural, racional y justo; adorarlo en muñecos y en trapos pintados es propio sólo de un idiota o de un impío o hipócrita.
Algunas de estás razones bastaron para que el Promotor fiscal del Arzobispado de Guadalajara; que era el que esto escribe, pidiera la prohibición de las romerías al Santuario de Atotonilco el Alto, y que su pedimento fuera atendido, y puesto en práctica.
Los tiempos cambian y con ellos las costumbres, empeorando éstas desgraciadamente. Hoy el Arzobispo Ibarra se gloría de las peregrinaciones al Tepeyac, más numerosas y más inmorales que aquellas, ¡Oh, témpora! ¡Oh mores!

VII
Las razones que tengo y he expresado contra las peregrinaciones religiosas, las tuvieron y expresaron algunos de los anti¬guos Padres de la Ig1esia, que deberían normar la conducta del actual Arzobispo de Puebla y de todos sus hermanos.
Yo no tengo Patrología, porque el dinero de que, he podido disponer lo he gastado en los pobres, dignos de ser socorridos.
Una parte de ese dinero ¡oh desgracia! la gasté en formar clérigos indignos con pacas excepciones. Otra parte de ese dinero se gastó en fomentar el idolátrico culto romanista, combatiendo yo siempre la idolatría.
¿Qué podía hacer un hombre honrado que por la fuerza fue hecho clérigo? Me parece que cumplir con un deber social, al gastar mi dinero en los fines de mi forzado oficio.
Hoy siento la mala correspondencia de los clérigos formados con mi dinero, de los fanáticos que me odian y comieron mi pan, y maldigo la hora en que creí que Roma y los suyos eran cristianos, y que apreciarían mis servicios y mi desprendi¬miento. No tengo hoy quien me prepare mis alimentos, sino que, los he de hacer yo mismo.
No tengo a veces para auxiliar a verdaderos y honrados pobres; y maldigo y vuelvo a maldecir la hora en que conocí a los clérigos romanistas; pero ya es tarde, y el mal no tiene más remedio que el sufrimiento y la paciencia. ¡Ojalá la tenga yo!
Michaud en su historia de las Cruzadas, al principio del libro Primero, dice lo siguiente:
“Hacia el fin del siglo cuarto, las peregrinaciones a Jerusalén se multiplicaban sin cesar, y no era siempre la piedad su regla invariable; esas largas correrías causaban a veces la relajación de la disciplina cristiana, el desarreglo o desorden en las cos¬tumbres, muchos doctores de la iglesia hicieron oír su elocuente voz, para manifestar los abusos y peligros de las peregrina¬ciones a Palestina, San Gregorio de Niza, el digno hermano de San Basilio, fue uno de los que se levantaron más fuertemente contra viajes a Jerusalén. En una elocuente carta que se nos ha conservado, el Obispo de Niza habla de los peligros que la piedad y costumbres cristianas podían encontrar en las hospederías del camino y en las Ciudades de Oriente; dice que la gracia divina no se da en Jerusalén de un modo más especial que en otros países, y cita como prueba de su dicho, los críme¬nes de todas clases que, según él, se cometían entonces en la ciudad santa.
Gregorio de Niza, queriéndose justificar de haber hecho él mismo una peregrinación o viaje que prohíbe a los cristianos, declara que fue a Jerusalén por necesidad y para asistir a un concilio reunido para reformar la Iglesia de Arabia; esa peregri¬nación ni aumentó ni disminuyó su fe antes de visitar a Belén, sabía que el hijo del hombre había nacido de una virgen; antes de haber visto el sepulcro de Cristo, sabía que Cristo había resucitado de entre los muertos; no había tenido necesidad de recorrer el monte de los Olivos para creer que Jesús había ascendido al cielo. Vosotros que teméis al Señor, añadía el santo prelado, adoradlo en cualquier lugar en que estéis; Dios vendrá a vosotros en donde quiera que estéis, si le preparáis un taber¬náculo digno de él.
Pero si tenéis el corazón lleno de perversos pensamientos, aunque estéis en el Gólgota en el monte de los Olivos o al frente del Santo Sepulcro, estaréis sin embargo, tan lejos de Cristo como los que jamás han profesado la fe del evangelio.
San Agustín y San Gerónimo se esforzaron también, para moderar con sus exhortaciones, el ardor de las peregrinaciones: el primero decía que el Señor no había mandado ir a Oriente a buscar la justicia, o ir a Occidente a recibir el perdón; el segundo decía que la puerta del cielo se abría para el lejano país de los Bretones lo mismo que para Jerusalén. Pero el sentir de los Doctores de la Iglesia, nada podía contra el capricho apasionado de la muchedumbre o contra el empuje violento de la plebe; y en consecuencia ni fuerza ni voluntad ninguna de la tierra podía, cerrar a los cristianos los caminos de Jerusalén.
Me parece que esto bastaría a cualquier ánimo racional y bien dispuesto, para reprobar e impedir esas correrías inmorales y anticristianas que se llaman peregrinaciones.
Se trataba en tiempo de los citados Padres de peregrinaciones a Tierra Santa, como hoy se llama Palestina.
Se trataba de visitar los lugares en que naciera Cristo y su religión.
Y los Padres citados llamaban inmorales esas correrías.
¿Qué dirían de peregrinaciones en que no se busca a Dios sino a una pintura humana, mal hecha, y con la agravante de de¬cirse falsa y mentirosamente que está pintada por los ángeles? Saque cada cual la consecuencia sencilla que de lo dicho se deduce, y vamos adelante.

VIII
“…preferiríamos mil veces, dice el Ilmo. Sor. Ibarra, que está ilustre Iglesia metropolitana de Puebla, desapareciese del Mapa de las Diócesis de la República, antes que alguna vez defeccionara en tributar a la Gran Madre de Dios, esa prueba de amor filial, (la peregrinación al Tepeyac), y de su inquebrantable creencia en el sobrenaturalísimo Guadalupano”.
Mayor fárrago de desatinos no pudo reunirlos en tan pocas líneas sino un Pastor de la cueva de lobos o vivorero Pío Latino Americano.
El infeliz Obispo de Chilapa es una medianía o poco menos entre los doctores de las academias o universidades de México, y no habría disparatado tanto en tan pocas líneas.
Juzgo que si el Papa fuera cristiano, si realmente quisiera restablecer el cristianismo, si no fuera el oro y el poder humano el fin de sus actos, debería suprimir la Arquidiócesis de Puebla, erigida en mala hora, suspender a su actual Arzobispo y me¬terlo, durante su vida, en una casa de reclusión o en un manicomio.
Juzgo que si el Delegado del Papa en México fuera cristiano, y quisiera ayudar a su Jefe a restablecer todas las cosas en Cristo, y no ocuparse sólo de comer, beber, pasearse y recibir obsequios de los mexicanos, debería trabajar por los fines ex¬presados en mi primer juicio.
Pienso que los Arzobispos y Obispos de México y todos los del mundo romanista deben protestar contra las blasfemias sa¬crílegas estampadas en las pocas líneas que en este párrafo transcribo al Arzobispo de Puebla.
Creo que los creyentes romanistas ilustrados, deben escandalizarse de lo que dice el Sor. Ibarra en lo que de su Edicto copio en este párrafo.
No es ya Dios el único objeto absoluto de la creencia o ciencia universal de los habitantes de nuestro globo, ni de los infi¬nitos que habitan los infinitos globos del espacio infinito.
No es ya Dios el dueño absoluto de sus obras. No es ya Cristo la piedra angular de la Iglesia cristiana; título que falsamente se atribuye la iglesia romana.
El objeto de todas las creencias, el fundamento de la fe y de las diócesis es el trapo viejo pintorreado por el indio Marcos Cipac, según el Sor. Arzobispo de Puebla de los Angeles, Don Ramón Ibarra y González.
He aquí a los doctores y Maestros del vivorero Pío Latino Americano.
“…el demonio, dice el Sor. Ibarra, comienza a hacer la guerra a las peregrinaciones del Tepeyac”. Está plenamente demos¬trado que es falsa la Aparición de la madre de Cristo en el Tepeyac.
Los que la sostienen y propagan, o son falsos simplemente y ciegos por completo, o son unos descarados mentirosos.
Combatir esa falsa aparición y sus perniciosas consecuencias, es combatir la mentira, y defender la verdad y los derechos de la humanidad.
Están, en el caso, frente a frente, la verdad histórica de los que niegan la Aparición del Tepeyac, y la mentira manifiesta perjudicial y descarada de los que defienden esa aparición, como don Ramón Ibarra, Arzobispo desgraciadamente de Puebla de los Angeles.
“Vosotros sois hijos del diablo” “…él no permaneció en la verdad porque no está la verdad en él …pues es mentiroso y pa¬dre de la mentira”.
Estás palabras se atribuyen a Cristo en el Evangelio de San Juan, Cap. VIII v. 44, y las decía a los judíos.
¿Cree el Sor. Ibarra en el Evangelio de San Juan?
¿Cree el Sor. Ibarra que Dios es la verdad y el diablo es mentiroso y padre de la mentira?
¿Cree el Sor. Ibarra que diablo y demonio son sinónimos en el lenguaje que él usa?
Tenemos, pues, que el diablo o el demonio es quien promueve las peregrinaciones del Tepeyac, que sostienen una mentira, de que es padre el diablo o el demonio, según el testimonio y letra que he citado, y que creo acepta el Sr. Ibarra.
Los que dicen la verdad, los que niegan la aparición, los que condenamos las peregrinaciones, estamos de parte de Dios y con Dios, y no admitimos mentira, ni por lo mismo, somos el demonio, ni tenemos que ver con él.
Tengo el sentimiento de decir que el Ilmo. Sor Ibarra y los que obran como él, son los agentes de la mentira y del demonio.
Pero más bien juzgo que ni el Sor. Ibarra, ni el Papa, ni sus Cardenales, ni los mil curiales que lo rodean y sirven, ni sus delegados ni los Obispos y clérigos que lo reconocen como Jefe creen ni en Dios, ni en Cristo ni en la misma Virgen María, ni en sus fingidos actos y Apariciones.
Lo que creen esos Señores todos es que “Poderoso caballero es Don dinero”, y a él buscan y a él quieren; así como el poder e influencia humana que sirven mucho en está vida.
Dios, Cristo, las apariciones, los milagros y los Santos, sirven sólo como medio de conseguir esos preciados fines: dinero y poder humano.
“Esos obsequios espirituales, dice el Sor. Ibarra, podréis mandarlos a Nuestra Secretaría de Cámara y Gobierno, al terminar el mes de Enero próximo…”
Aquí sí que no entiendo ni jota de lo que dice el Ilmo. Sor. Ibarra.
No soy muy inteligente y sufro algo de mal de piedra en el cerebro, pero creo que ni el espíritu más privilegiado puede en¬tender que se manden a una Secretaría ¡obsequios espirituales!
Comprendo que se trata de que los fieles creyentes manden algo, y de recibir ese algo en la Secretaría del Sor. Ibarra, pero no entiendo cómo ese algo pueda ser espiritual.
Tal vez el Ilmo. Sor. Ibarra nos muestra con esto que él, sus clérigos y sus fieles son ángeles: y tomando la causa por el efecto, llama espiritual el oro, la plata y otras cosas que sus creyentes manden a su Secretaría.
Tal vez se propuso Su Señoría Ilma. declarar que todos los actos de sus creyentes son angélicos, y que el sexo, el alcohol y demás ligerezas son actos espirituales.
En este último supuesto están por demás las censuras de los Padres de la Iglesia, y las mías contra las peregrinaciones dio¬cesanas de Puebla.
De lo dicho deduzcan los que mis escritos leyeren lo que les parezca más conforme a la razón; y dispénsenme de decirlo yo, que termino aquí estos ecos, para continuarlos cuando otros repercutan en los muros de este retiro.


C. Victoria, Enero 2 de 1906.
EDUARDO SANCHEZ CAMACHO.

Una respuesta to “ECOS DE LA QUINTA DEL OLVIDO”

  1. la lectura y la documentacion nos hará libre

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